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No sólo de pop vive el hombre I

Por Francisco Rocha

Soy melómano inconfeso, por lo tanto mi primer tema -la música- es ineludible. Y me preocupa la opinión que tiene la gente sobre cierta música que me alimenta el espíritu. Por eso reflexiono: la mayoría de la gente que conozco no se da el tiempo para escuchar -no nada más oír- música. Casi todo mundo oye música en su coche, en el bar, en casa, en el taller; pero ¿cuántos tienen el poder de decidir lo que quieren escuchar? Qué, ¿acaso el que escucha la Ke Buena o Radioactivo, a Control Machete o a Fey no decide qué música quiere escuchar? Me dirán que al fin y al cabo las estaciones ofrecen teléfonos abiertos (aunque casualmente se escuchan las mismas canciones si se sintonizan a la misma hora, cualquier día); y en las taquillas pagamos la entrada a conciertos que nos aseguran son de "rating comprobado".
La neta, empero, es que México sufre de enormes, aplastantes insuficiencias en esto de la cultura. Y la música no es la excepción. La televisión es el principal dictaminador en cuanto a música se refiere. En cable hasta hay canales exclusivamente musicales -nostálgica, new age, tropical-, Ritmoson, que hasta salsaerobics tiene; Telehit, cuyo nombre lo dice todo; y Emtivi con lo último de lo último, la moda máxima en cuanto a música se refiere, o por lo menos eso dicen.
Pero, ¿puede llamársele música a aquella de sonsonetes simplones y letras insulsas, todo para luego sean cantadas hasta el cansancio en cualquier concierto "en vivo" con playback? ¿Se puede tener confianza en un idiota que ni siquiera sabe como hablar, mucho menos frente a una cámara?
Empiezan a abrirse una que otra ventanilla a grupos musicales de verdad, de músicos que se preocupan por componer, arreglar, incluso producir la música que tocan y, en especial, por escribir (no balbucear) la letra de su música. Repuntan quienes favorecen la expresión por encima del intérpretación.
Es cierto que detrás de las estrellas merengueras de las que sólo importa su imagen, hay gente que trabaja y que compone para lo descompuesto, que hace arreglos y se preocupa por lograr mediante aparatos que una voz nefasta suene aceptable, para quienes aceptan cualquier cosa. La mayoría de estos ingenios reprimidos, desgraciadamente, son mantenidos en el anonimato por la industria cultural en México.
A eso me refiero con que no nos damos tiempo de escuchar música. Al oir la radio, nos entra la música como nos entra cualquier ruido del exterior. Podemos saber quién canta, nos memorizamos el título de la canción, incluso aceptamos que la inocua tonadilla nos marque aquel momento íntimo, tan especial, en que la oímos. Pero hasta ahí. La calidad de lo oido se vuelve un acto reflejo (si se repite la circunstancia, se repite el sonsonete) lugar común sobre lugar común.
¿Cuántos acostumbramos comprar un disco para escucharlo, hojear su cuaderno y aprender quién participó en la grabación, de quién es aquella maravillosa segunda voz que se escucha en el fondo, dónde se grabó, quién toca la bataca o el bajo, ¡quién lo produjo!? ¿Cuántos nos preocupamos por el disco como conjunto y no sólo porque trae la canción zutanita, incluye al cantante fulanito, y lo compramos a pesar de que todas las otras selecciones son un bodrio, o porque es La Antología Con Los Éxitos Del Año, o el de los Grammy, o de lo que sea?

Discos de METAL
¡Chale! Son puros tamborazos!
Todas las canciones me suenan iguales ...
¡Parece que lo están matando!
Esos vatos tocan tirados en el piso y drogados hasta la madre!
Amenos, divertidos, realmente cultos y ponderados son los comentarios que luego expresan los sesudos neófitos que oyen mis discos. Los lanzan luego de oir apenas unos minutos o unos cuantos acordes. Enjuician con base en una pieza y critican a todo un género.
El metal (palabra cuya definición musical sí está consignada en el Webster's Dictionary, pero que no se incluye en ninguno de la lengua española) tiene -lo aviso desde este momento- algunas coincidencias con la música clásica: no la puedes escuchar en fiestas, porque no es bailable; no se escucha en bares porque no te hace llorar; no sale en la tele porque la gente bonita los repudia; pero no sólo eso, incluso en su construcción melódica es equiparable a la llamada música culta. Pero la clásica tiene una ventaja, por lo menos la programan en la radio.
Cuando de chiripa nos visita algún grupo venido de fuera para ofrecer un concierto (porque la mayoría nomás vienen de vacaciones y si acaso, se echan algún palomazo en un bar perdido) sus carteles invariablemente aparecen debajo del metro CU, en algunas calles del centro traslapados con carteles de lucha libre y de presentaciones polimarchistas, o perdidos en algún lugar de Tlalnepantla.
Y no es que uno sea evangelista con ganas de convertir lectores (audiencia) al metalicismo o a alguna otra religión videoclipsiana. Uno se preocupa por sugerir opciones: la mayor parte de la música que realmente vale la pena NO aparece en la Lista De Los Más Vendidos de Mishop, y tampoco el metal es ley. Pero creo que es lo que más se le acerca.
Tanto han evolucionado y se han fusionado entre sí los distintos géneros musicales que es cada vez más complicado clasificar a un grupo en determinada corriente. Esto le sucede también al metal (que ahora a los emtivisianos les ha dado por llamar música radical -palabra ridícula si recordamos sus connotaciones en inglés).
Hay casi tantas clasificaciones como grupos: se le puede agregar el sufijo metal a sonidos como: power, gótico, folk, death, trash, punk, speed, black, etéreo, armónico, doom. Todos estos a su vez tienen subgéneros consecuencia de fusiones: hardcore, grindcore, technodoom, black depresivo, minimalista experimental y así ad infinitum.

Dentro de la tentación
Frente a una lista de términos que se antojaría interminable, no queda más que hacer recomendaciones con la esperanza de que por ahí le quede algún gusanillo al lector curioso...
La primera recomendación de la tarde (qué mejor que un disco debut para el debut de una columna) digerible hasta para los tercos, se llama Within Temptation. Son una banda holandesa, con dos voces, una femenina, transparente y muy limpia, y la de Robert Westelhort, quien hace la contraparte con una voz clásica de death metal, gutural y rasposa, casi un instrumento más.
El título: Enter, que no nos invita, nos ordena entrar en un mundo mágico, en el que lo angelical (la voz de la vocalista Sharon den Adel) y lo maligno (el cantante y guitarrista Robert Westelhort) se combinan, se superponen y retuercen en una danza armonizada por los teclados (Martijn Westerholt) que funcionan ora como coros gregorianos ora como síncopes armónicos mientras que la batería (Ivar de Graaf) y el bajo (Jeroen Van Veen) acompañan como plañideras en cortejo fúnebre.
Enter es una visita guiada a una casa fantasma (telarañas y velas incluidas) de la que, al contrario de las películas, una vez que se entra, no quedan ganas de salir. Es un disco con entraña, con ánimo de tocar las vísceras del que lo escucha, y lo logra.
Para aquellos curiosos que quieran saber más del grupo y puedan conectarse a la red su dirección es:
http://wt.syntonic.net/.







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