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Those were the days
(ensayo autobiográfico)

Rosina Conde

a Rafael Catana, Ignacio Pineda,
Magda Flores y Roberto Hernández,
quienes provocaron este texto


Empezaban a correr los años setenta. Acababa de salir de la preparatoria, y yo empecé a hacer planes para estudiar una carrera universitaria. Como en esa época la universidad de Baja California contaba tan sólo con cinco carreras, estaba obligada a emigrar a la ciudad de México para estudiar lo que me interesaba. Sin embargo, mis padres se negaban, debido a los disturbios estudiantiles y a las represiones de octubre del 68 y junio del 71. El Jueves de Corpus estaba muy vivo aún en las mentes de la sociedad mexicana.

Como mujer, era todavía más difícil partir, pues en ese entonces no era común que las mujeres estudiáramos una carrera universitaria, ni mucho menos que saliéramos de nuestras casas. En mi familia, el problema no era salir de casa, sino el hecho de estudiar una profesión, ya que mi padre no creía en los títulos universitarios. Él, como buen comerciante, opinaba que, para hacer dinero, había que dedicarse a los negocios, y para tal efecto nos había educado. Recuerdo, incluso, que, desde pequeña, se negó a que estudiara cocina o corte y confección, ya que sus hijas, afirmaba, tampoco serían amas de casa.

Influida en gran medida por mi padre, el feminismo, el movimiento hippie, la música del blues, el soul y el rock, y por los movimientos estudiantiles de Francia y México, preparé mis maletas y las de mi hijo de seis meses, me aprovisioné con algunos víveres, y les dije adiós a mis padres para trasladarme a la Meca de la Sabiduría: la UNAM. Y así, en noviembre de 1971, con unas cuantas alhajas destinadas al Monte de Piedad y unos cien pesos en el bolsillo, me encomendé al dios del optimismo, me trepé con mis compañeros de la prepa en un autobús de Tres Estrellas de Oro, y durante 48 horas nos fuimos cantando con la Janis hasta la capital:

(EMPIEZA A CANTAR A CAPELLA, CON BATERÍA: Mercedes Benz de Janis Joplin, M. McClure y B. Neuwirth)

Y así llegamos a la ciudad de la Esperanza, Ciudad de México, a gaviotearle a los cuates, a buscar un techo que nos protegiera, un trabajo que nos permitiera subsistir para lograr nuestros objetivos. Sin embargo, la ciudad no era lo que nosotros esperábamos: el De Efe estaba literalmente sitiado. Los granaderos rondaban los contornos de la universidad y los porros azotaban las escuelas más politizadas. Una no sabía entonces si temerle más a los policías, a los ladrones, a los porros o a los granaderos. Eran tiempos en que ser adolescente y estudiante eran dos pecados capitales. Y, cuando además de ser adolescente y estudiante, se era mujer, se cometía un triple delito. Cualquier porro, soldado o imbécil se creía con el derecho de agredirnos verbalmente en la calle, de manosearnos, y señalarnos como contestatarias.
La universidad se convirtió así en un refugio para todos los que queríamos responderle al sistema, y la Facultad de Filosofía y Letras se me presentó como un espacio de libertad, creatividad y reflexión.

(ENTRA GUITARRA, CON MÚSICA DE FONDO PARA TEXTO HABLADO: Hasta siempre, comandante, de Carlos Puebla)

Empezamos a ir a las peñas, a los hoyos fonquis, los cafés literarios en donde sabíamos que habría gente con ideales semejantes a los nuestros; nos empapamos de la vida política propia de la época y empezamos a cobrar consciencia de clase y de género. Adornábamos nuestros espacios con los pósters de nuestros ídolos tanto del rock como de la política latinoamericana. En los departamentos estudiantiles veíamos carteles desde los Rolling, la Janis o Hendrix hasta el Che...
Aprendimos a querer lo indígena, lo latinoamericano y todo lo extranjero que reafirmara nuestra identidad política y cultural. Así, junto con otros ideólogos, el Che Guevara se convirtió en uno de los estandartes de la libertad: “Aprendimos a quererte/ desde la histórica altura/ donde el sol de tu bravura/ le puso cerco a la muerte...”

(EMPIEZA A CANTAR: Hasta siempre, comandante, a partir del primer estribillo)

Aunque muchos de los recién ingresados no nos conocíamos, el ambiente social nos hizo cómplices, y mis nuevos compañeros y yo empezamos a buscar alternativas para representar el mundo y transformarlo. Queríamos hacer teatro, cine, literatura; publicar revistas, libros, panfletos; así que algunos compañeros de la facultad empezamos a reunirnos para planear una revista. Pero además de escribir, deseábamos cantar, bailar, actuar, y las reuniones se convirtieron en tertulias literarias, primero, y artísticas, después, y cualquier pretexto era bueno para leernos nuestros poemas, cantarnos nuestras canciones, escuchar nueva música y recuperar lo rescatable de las generaciones anteriores.
Cantábamos de todo: ranchero, blues, rock, latinoamericano, bolero... Toda aquella canción que tuviera un mérito literario o musical era aceptada en el repertorio sin importar género ni frontera cultural. Por esos años llegó a México un disco de Patsi Andion con una canción que decía:

En Madrid, y agonizando el presente mes
me siento al fin enfrente de un papel
para escribirte justo hasta la piel
aunque no entiendas lo que te diré...

¡A quién le importaba si se entendía o no lo que estábamos diciendo! ¡Qué más daba si era francés, inglés, portugués o español! Si eran malas o buenas palabras. Los estudiantes nos habíamos cansado de gritar y desgañitarnos sin que nadie nos escuchara: el lenguaje había perdido fuerza, y había que recuperarla. Lo que importaba era tener el poder de la palabra: poder decirles “¡no!” a nuestros padres, a nuestros amigos, al novio o la novia, y a la sociedad en general, cada vez que no estuviéramos de acuerdo con algo o con alguien, cada vez que no quisiéramos hacer tal o cual cosa. Queríamos decidir por nosotros mismos nuestro proyecto de vida. Para los hombres, tal vez, esto no era tan trascendente porque lo habían decidido siempre; sin embargo, para las mujeres lo era.
En ese entonces, nos impresionó mucho una canción de una película que llegó a México a principios de los setenta: la que canta María Magdalena en Jesucristo Superestrella. Lo que más nos gustaba era cómo el objeto del deseo se revertía. En la tradición literaria, siempre había sido el hombre el que le cantara a la mujer, y ésta siempre había sido etérea, frágil, desconocida, misteriosa, difícil de comprender y de aprehender. Siempre había sido el hombre quien se dirigiera a nosotras. Lo importante aquí era que es precisamente ella quien le canta al hombre, y quien manifiesta que siempre ha tenido el control de sus emociones. El objeto del deseo, en este caso, el etéreo, el incomprensible, el impenetrable... es él.

(EMPIEZA A CANTAR: I don’t know how to love him)

Ahora las mujeres les hablábamos de amor a los hombres. Ya no teníamos que esconder nuestros gustos y sentimientos; ya no teníamos que esperar a que ellos tomaran la inciativa. Ahora nosotras sufríamos por ellos; pero, nótese, por ellos..., no por ninguno de ellos. Y podíamos gritar que éramos entes sexuales como cualquier ser humano. Ya no teníamos que escondernos en el anonimato, ni marginarnos, ni lindar en los extremos a los que se nos había orillado siempre: ¡ni monjas... ni putas... ni madres asexuadas...! Ahora las mujeres podíamos estudiar como cualquier monja, hacer el amor como cualquier puta, y tener hijos como cualquier “madrecita mexicana”. Aún recuerdo cómo me festejaron en la Facultad, cuando presenté mi “Cuarteto de presentación”, en el taller de Hernán Lavín Cerda:

I
Soy frígida y ninfómana,
ama de casa y prostituta.
Y soy sátira: soy Electra.

II
Mirada estéril y lasciva,
aparta la avaricia que arrojas sobre mí

III
Imagen que retienes
mi sombra tu pupila
¿cuándo entregarás mi identidad?

IV
Soy esa señora


A partir de entonces, éramos seres humanos comunes y corrientes, con deseos, necesidades biológicas, intelectuales y amorosas, y empezamos a reclamar nuestro derecho al erotisto y nuestro derecho a decidir con quién acostarnos o con quién vivir el resto de nuestros días, sin tener que preocuparnos por lo que nuestros padres nos habían inculcado por los siglos de los siglos: la infraestructura del galán. Y al tomar por asalto el derecho al lenguaje, también tomamos por asalto el derecho a decidir y a hablar sobre nuestro cuerpo, motivo por el cual fuimos rechazadas en muchos ámbitos de la sociedad. Sin embargo, las mujeres de mi generación nos decidimos a hablar de nosotras mismas y a mostrar nuestras partes con un idioma distinto al que tradicionalmente se había utilizado al referirse a nosotras. Todavía recuerdo cómo algunos editores se tomaron la libertad de mutilar y censurar algunos de nuestros escritos, entre otros, mis “Poemas de seducción”.


I
Me seducías,
no con sólo poner tus labios
sobre mi clítoris.
Me seducías.
Con tu mirada, tus gestos, palabras.
Movimientos sencillos, cotidianos.

II
Me sedujiste
con la serenidad de tu mirada
y la nobleza de tu tacto.
Me vine con tu olor y tu deseo
mientras hundíamos la risa en nuestros labios.
Después, el silencio acortó nuestras palabras
y caminamos por opuestos laberintos.
Creo que me has olvidado
pero sé que nunca olvidarás mi lozanía.

III
Para seducirme
no necesitas de las sesenta y cuatro artes
ni del perfume afrodisíaco
ni de los cuentos eróticos.
Sólo basta un lecho bañado de rocío.

IV
Te seduciré
con una pera y un racimo de uvas.
Con las uvas bañaré tu cuerpo
para beber sus gotas una a una.
La pera la comeré en cuclillas sobre tu rostro.

Como ya éramos autosuficientes moral y económicamente, podíamos enamorarnos de un hombre diez años mayor, de nuestra misma edad o, incluso, menor. Ya no importaban ni el pedigrí ni la alcurnia ni la clase social ni la profesión ni el estatus del galán. Igual podía ser un actor que un empresario, un rockero que un director de orquesta, un pintor que un arquitecto, un albañil que un ingeniero, un estudiante o un desempleado. La autosuficiencia nos daba la capacidad de enamorarnos libremente, sin tener que utilizar al hombre como proveedor. Entonces, podíamos elegir sin cortapisas. Y ahora los hombres también se preguntaban si seríamos capaces de seguir amándolos después del acostón:

(EMPIEZA A CANTAR: Will you love me tomorrow?, de Carol King)

Y así como queríamos ser por nosotras mismas, también queríamos ser naturales. Y exigimos nuestro derecho a salir a las calles sin máscaras ni artificios; a ser aceptadas con cualidades, errores y defectos. Nos liberamos de las medias y el maquillaje, de las fajas y los sostenes que aprisionaban nuestro cuerpo y nos impedían la respiración; nos liberamos de los tubos, los pasadores y las secadoras. ¡Guácala con el espray! ¡Abajo el cabello! Exigimos ser aceptadas con anteojos, barros y espinillas, con el pelo lacio o chino, voz tipluda o grave, gordas o flacas. ¡Fuera máscaras, fuera maquillaje, adiós a la actuación social, al recato, a la frivolidad! Y, entre otras cosas, nos apropiamos de la risa, que durante siglos se nos había prohibido en público. Empezamos a reír a carcajadas, a todo volumen, a todo lo que dábamos. Bienvenida la risa franca, el diente pelón, el estertor estomacal. Ya no importaba que nuestro cuerpo se contorsionara, que aparecieran las arrugas de la cara, que nuestras lonjas salieran de nuestras ropas y brincaran de gusto por la libertad física y emocional. Y todo aquel que nos hiciera sentir bien, tal y como éramos nosotras mismas, sería bien recibido.

(EMPIEZA A CANTAR: Like a natural woman, de Carol King)

Los hombres también empezaron a transformarse. A diferencia de la genaración de nuestros padres y de las anteriores, nuestros compañeros de la universidad quisieron ser libres para expresar sus sentimientos sin hipocresías, y se negaron a vivir la doble moral que exige una sociedad de representaciones. Lo importante era la transparencia y ser fieles, no porque lo ordenaran la Iglesia o el Estado, sino por convicción. ¿Quién no recuerda aquellos versos de Juan Manuel Serrat que decían?:

(EMPIEZA A CANTAR: La mujer que yo quiero)

Precisamente, porque ya no estábamos obligados, por un mandato divino, a vivir eternamente con la misma persona: entonces, decía, se era fiel por convicción; estábamos allí porque queríamos estar allí. Y las mujeres les hacíamos el amor a los hombres, los gozábamos y disfrutábamos así como nos gozaban y disfrutaban ellos a nosotras sin importar ni el qué dirán ni el matrimonio ni el futuro ni la seguridad ni nada... ¡Valía madre si el galán se casaba o no con nosotras! Viva la libertad sexual, la vida, el erotismo, el intelecto, la satisfacción personal. Y todas nos entregábamos por completo y preguntábamos, si acaso, ¿no los hacíamos sentir como el único hombre?:

(EMPIEZA A CANTAR: Peace of my heart, de J. Ragovoy y B. Berns)

Como las mujeres empezamos a compartir con los hombres sus territorios, ellos también quisieron compartir los nuestros. Empezaron a lavar pañales, a cocinar, a dividir con nosotras los horarios del biberón de los hijos y a llevarlos a la guardería, para que pudiéramos estudiar y trabajar. Entonces construimos, realmente, una relación de pares. Los hombres rechazaron los papeles impuestos por la sociedad patriarcal, y quisieron liberarse también del machismo y de la obligación de tener que mantener varias familias. Así que se decidieron por la monogamia, así fuera seriada, pero por la monogamia: no más amantes ni hijos clandestinos. ¡A la goma con los “bastardos”! Todos eran hijos legítimos, y los que no tenían padre eran hijos de todos, precisamente porque nacían bajo los códigos del amor libre. Hombres y mujeres empezamos a ser “compañeros” y despreciamos los adjetivos posesivos:
nadie le pertenecía a nadie. Los sentimientos de solidaridad y compañerismo nos permitían vernos como iguales. La pareja dejó de ser una relación de dependencia y subyugación, y todos tuvimos un nombre propio. Ya no se decía “te presento a mi esposa”, sino “ella es Margarita, Juana, Valentina...” Los hombres aceptaron que sus compañeras teníamos una vida personal; se olvidaron del tradicional “tú existes a partir de que me conoces”; reconocieron que tampoco teníamos por qué ser mujeres de un solo hombre, y nos pidieron otra manera de expresarnos y manifestarnos. Todavía recuerdo aquella canción de Joe Josea y B. B. King que dice rock me, baby!

(EMPIEZA A CANTAR: Rock me, baby, de Joe Josea y B. B. King)

De la misma manera en que las mujeres recuperábamos los espacios, nuestros hijos también fueron tratados como seres libres y pensantes desde el momento mismo de su concepción. ¡Cuántas de nosotras no nos poníamos en la panza los audífonos, para que nuestros fetos escucharan la música de Bach, Beethoven, Vivaldi, Paganini, Gershwin! Y cuando salieron al mundo, lo hicieron como individuos plenos, pensantes, con responsabilidades y derechos. Recuerdo que los pasillos de la Facultad se llenaron de niños que corrían y reían, mientras sus madres entrábamos a clases. Esos niños, al igual que nosotras, también serían libres para elegir por sí mismos su destino: algún día, como diría Gershwin, “abrirían sus alas” para salir en la búsqueda de senderos distintos, y tendrían la seguridad de que contarían con todo nuestro apoyo.

(EMPIEZA A CANTAR: Summertime, de Wershwin)

Al salir de la Facultad, todos tomamos diversos caminos, y seguimos aprendiendo en el trabajo, en las relaciones personales y amorosas, en el transcurrir de la vida... Unos se fueron a trabajar a la radio, otros al cine, a la televisión, a la industria editorial. Otros se quedaron en la academia. Algunos dejaron las letras para dedicarse a la música, la pintura o el periodismo. Muchos nos casamos y descasamos; otros nos arrejuntamos, y casi todos tuvimos hijos --unos antes que otros, como yo--. Algunos seguimos como lobos esteparios, viajando y combinando experiencias y aprendizajes, artes y disciplinas; sin embargo, fueron los años de la universidad los que marcaron nuestra ruta.
Ahora, con el nuevo antifeminismo, la propagación del sida, la globalización, las crisis económicas y la privatización de la educación, algunos de nuestros hijos nos reclaman el no haber tenido madres y padres convencionales, comunes y corrientes, porque la sociedad insiste en que somos diferentes, porque abrimos una brecha, tal vez, para ellos difícil de superar. Pero creo que, precisamente, ese desinterés que hombres y mujeres mostrábamos al decidir quiénes serían nuestros galanes y galanas, nuestros amigos y amigas, y nuestros compañeros de trabajo, fue lo que nos unió en la batalla, y lo que nos permitió sobrevivir en una sociedad que se negaba a aceptarnos como individuos libres, plenos, creativos e independientes. Eso es lo que nos ha permitido superar las derrotas y los tropiezos para empezar constantemente de nuevo, aun en contra de muchos.

(ENTRA GUITARRA CON MÚSICA DE FONDO PARA TEXTO SEMIDECLAMADO: Je ne regrette rien, de Edith Piaf)

“No me arrepiento de nada”, decía Edith Piaf, ya desde los años sesenta, “ni del bien que me han hecho, ni del mal, todo esto me da igual. Ya todo está pagado, borrado, olvidado... Son mis recuerdos los que han encendido el fuego. Ya no me hacen falta ni mis tristezas ni mis placeres. He borrado los amores y los problemas. Empiezo de cero.”

(EMPIEZA A CANTAR: Je ne regrette rien)